“Soy yo, ¡no tengan miedo!”(Mt 14,27)

“Evocar para agradecer e invocar”

En el 50 aniversario de la Diócesis de Tilarán-Liberia

Mons. Vittorino Girardi Stellin, Obispo de la Diócesis de Tilarán-Liberia

Introducción

Queridos Sacerdotes, Diáconos, Consagrados y Consagradas, y Fieles todos de nuestra Diócesis de Tilarán-Liberia:

Con las solemnes celebraciones del 12 de octubre del 2011, que tuvieron el sello sagrado del Congreso Eucarístico Diocesano y en las que se unió de algún modo, toda la Iglesia de Costa Rica con la presencia de todos sus Obispos y del Nuncio de Su Santidad, hemos clausurado el 50 Aniversario de la fundación de nuestra amada Diócesis de Tilarán, a partir de la bula papal del Beato Juan XXIII, Qui Aeque, del 22 de julio de 1961.

Considero que es nuestro deber, ahora, detenernos con mirada retrospectiva, evocando las grandes etapas de este peregrinar de 50 años, para detectar el paso del Señor . Han sido 50 años de Historia Sagrada, no porque en ellos todo haya sido “santo y digno del Señor”, sino precisamente por la presencia en ellos de la acción eficaz de Dios, Señor de la historia. Nuestra mirada quiere ser la de María del Magnificat, que iluminada por la fe, canta su gratitud al Poderoso que “ha hecho maravillas en su favor” (Lc 1,49). Dios fiel, como “ha mirado la pequeñez de su sierva”, María, así ha mirado con compasión la nuestra, y ha realizado maravillas en estas tierras guanacastecas y upaleñas.

Nuestra intención pues, consiste en evocar para invocar, es decir, realizar una lectura espiritual, y precisamente como lo hace el Autor del libro de la Sabiduría, y por eso lectura “sapiencial”, de la historia de nuestra Diócesis para identificar los caminos de Dios en ella e invocar su Nombre, es decir, pedir su gracia, y más concretamente su luz para el camino a recorrer.

Se trata de alcanzar una nueva y más luminosa comprensión de la presencia y acción de Dios. Lo queremos hacer con la convicción de que sólo la fiel y cristiana memoria de nuestro pasado puede asegurar la orientación del futuro.

No se trata de “narrar por narrar”, sino que nos proponemos “insertarnos” en el movimiento o flujo de nuestra historia diocesana, que viniendo del pasado, nos revela el sentido del presente y de un futuro en marcha, que es el nuestro. Asumimos pues la exhortación del Autor del libro del Deuteronomio: “No vayas a olvidarte de estas cosas que tus ojos han visto, ni dejes que se aparten de tu corazón en todos los días de tu vida; enséñaselas, por el contrario, a tus hijos y a los hijos de tus hijos” (Dt. 4,9). Y a imitación del Salmista, en forma explícita de oración, queremos expresar la misma memoria y la acción de gracias que invitan a la fidelidad: “las cosas que escuchamos y aprendimos, las que nos fueron contando, no las ocultaremos a las generaciones venideras: la fama del Señor y su poder, las grandes maravillas que Él ha hecho” (Sal 78, 1-4). Vamos pues a recordar y a celebrar la bondad de Dios, su providencia, su misericordia, para dar gracias y adorar; para dejarnos guiar por Él.

1. Un Pastor Vigilante y Benévolo

Iniciándose la década de los 60, el Nuncio Apostólico en Costa Rica, Monseñor Genaro Verolino, solicitó a la Santa Sede la división de la muy extensa Diócesis de Alajuela, que abarcaba más que la mitad del territorio nacional. El “Papa Bueno”, el Bto. Juan XXIII accedió a la petición y erigió la nueva Diócesis de Tilarán (“Pluviense”), confiándola a su primer Obispo, Monseñor Román Arrieta Villalobos, quien tomaría posesión de la misma el 12 de octubre de 1961. Pertenecían a la nueva Diócesis los territorios de tres Provincias: Guanacaste en su totalidad; de Puntarenas, los cantones de Esparza , Montes de Oro y el Cantón Central (sin la faja costera al sur del río Jesús María) y de la Provincia de Alajuela, los cantones de Upala, Los Chiles y Guatuso.

Para esta aún muy extensa Diócesis, Mons. Arrieta contaba apenas con 16 sacerdotes, de los cuales 12 diocesanos y 4 religiosos. El joven Pastor, consagrado Obispo el 21 de setiembre, fiesta del Apóstol San Mateo, con apenas 37 años, asumió el desafío de dar nueva vida a esta Diócesis, y su preparación, su entusiasmo, su lucidez, su capacidad organizativa, hicieron que pronto la Diócesis de Tilarán fuera “referencia” pastoral para la entera Iglesia de Costa Rica. Lo comprueba el hecho que a los 9 años de ser nuestro Obispo, en 1970, Mons. Arrieta fue nombrado Presidente de la Conferencia Episcopal, cargo en que sus hermanos obispos lo reelegían cada tres años, hasta el 2002, cuando dejó la Arquidiócesis de San José.

El mismo Mons. Arrieta tuvo la oportunidad un “balance” de los 18 años de su pastoreo en nuestra Diócesis. “Mis primeros pasos –dijo- se encaminaron obviamente en la dirección de aumentar el número de los sacerdotes. Encontré muy pocos, pero sin embargo, ¡cuánta ayuda me brindaron! ¡cuán generosos y sacrificados fueron! ¡cómo me apoyaron en todo momento! De manera inmediata busqué sacerdotes en España y en otros países. Así logré conseguir la preciosa ayuda de sacerdotes españoles del IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras). Vino luego otro refuerzo sacerdotal importantísimo: los sacerdotes de la OCSHA (Organización de Cooperación Sacerdotal para Hispano América). Varios de ellos siguen trabajando aún hoy en la Diócesis de Tilarán.

Por lo que al futuro se refiere, era lógico que pensara en la promoción de las vocaciones locales y en atraer vocaciones de otras Diócesis del País. Este esfuerzo tuvo su fruto, pues al dejar la Diócesis de Tilarán en 1979, dejé 16 nuevos sacerdotes ordenados por mí y varios seminaristas en el Seminario Nacional.

Durante mi episcopado en Tilarán, tuve que impulsar la construcción de nuevos templos parroquiales y ermitas, así como la remodelación de otros. Tanto los sacerdotes como los fieles laicos prestaron en este campo su más amplia y generosa colaboración. Mención especial merece la construcción de la nueva Catedral de Tilarán, la que consagré el 12 de octubre de 1971, a los 10 años de mi toma de posesión de la Diócesis.

Ante la escasez de sacerdotes, pero más que todo por su elevada condición humana y cristiana, me propuse buscar muchas Religiosas para que realizaran su abnegada labor en nuestra Diócesis. Muchas correspondieron a nuestro llamado y ya desde el “Instituto Tilaranense de Educación Familiar”, ya al frente de escuelas y colegios, o bien realizando una fecunda labor en Centros de Animación Pastoral, que sólo recibían la visita ocasional del sacerdote, ellas contribuyeron de manera decisiva, y casi heroica en ocasiones, a las causas benditas de la evangelización. ¡Cómo las sigo admirando! ¡Que Dios, el Señor de la mies, las recompense!

Los Laicos también impulsaron fuertemente la evangelización de la nueva Diócesis. Los llamé a colaborar y me respondieron admirablemente. Ellos trabajaron generosamente desde el Movimiento Familiar Cristiano, desde los Cursillos de Cristiandad y desde el Camino Neocatecumenal, y desde los demás grupos apostólicos, para decirle a nuestro pueblo, hasta los rincones más lejanos, que Cristo y su Evangelio, que su mensaje de paz, amor, justicia y santidad, sigue siendo la única y maravillosa esperanza para un mundo angustiado, herido por el pecado y harto del erotismo, del materialismo y del consumismo. ¡Gracias queridos laicos de la Diócesis de Tilarán: ustedes fueron en aquellos difíciles tiempos, gloria, consuelo y corona para su Pastor, que se sigue sintiendo orgulloso de ustedes!”

1.1. Entre dificultades, pero con valentía y esperanza

Mons. Arrieta, continúa ofreciéndonos su “balance” de aquellos primeros años de nuestra Diócesis. “Los caminos - prosigue diciéndonos - eran muy malos entonces y muy largas las giras apostólicas. Para eso pedimos ayuda a organismos internacionales como ADVENIAT, MISEREOR y el Secretariado para América Latina de Estados Unidos. Así pudimos contar con vehículos de doble tracción y otros enseres que nos facilitaron las tareas apostólicas. Para todos ellos, lo mismo que para la CAL (Comisión Pontificia para América Latina), que desde Roma siempre nos tendió la mano, un reconocimiento muy sentido y profundo.

El trabajo era muchísimo y todo había que llevarlo simultáneamente: las obras indispensables de infraestructura, las tareas de formación espiritual y pastoral, la acción evangelizadora, de mayor importancia, la tarea santificadora, pues la vida nos enseña que es de los santos de los que hoy y siempre más necesita la Iglesia para ser rostro de Cristo en el mundo.

Esto no nos impidió realizar una importante tarea social en la joven Diócesis que daba sus primeros pasos. Todo lo contrario, Dios nos probó en dos catástrofes naturales de gran envergadura: la explosión del volcán Arenal el 29 de julio de 1968 y el terremoto de Tilarán en 1973. A causa de la primera emergencia, muchos pobladores querían abandonar la zona. Insistimos con todos los medios y de varias formas para que no se fueran. La gente en su gran mayoría, me hizo caso y la región no se despobló. Más bien, el ver al propio obispo “encaramado en el techo”, igual que los demás, quitando la arena de las erupciones para que cuando viniera el invierno, la arena y el agua juntos no hiciera que se desplomara, cooperaba a que disminuyeran el miedo y la tensión…

A propósito de esta catástrofe, recuerdo que con la ayuda recibida del Santo Padre y de muchos hijos de la Iglesia de las distintas Diócesis del País, motivados por mis hermanos obispos y sacerdotes, pudimos construir la Ciudadela Juan XXIII, en donde muchas queridas familias de la región, afectadas por aquellas erupciones, siguen encontrando techo y abrigo.

El terremoto de 1973 también movilizó de inmediato a nuestra joven Diócesis. Varias personas murieron y otras quedaron sin casa, pero una vez más con la ayuda del Papa, que al igual que antes, no se hizo esperar, y el aporte de la propia Diócesis y de las otras Diócesis hermanas, pudimos mitigar el dolor de muchos de nuestros hermanos”(3).

Una de las mayores luchas sociales que Mons. Arieta dio durante su episcopado en Tilarán, fue en torno al Proyecto de riego Arenal- Tempisque (PRAT). La repercusión nacional que tuvo el origen del PRAT se reflejó fielmente en la importancia que la prensa escrita le asignó a la discusión entre los diferentes sectores sociales en ese momento (1974-75). Monseñor Arrieta lideró el grupo dentro de la Iglesia que apoyaba el diseño original del PRAT, recibiendo el respaldo de las mayorías. La postura de Monseñor fue clara y definida. Sin embargo la posición ambivalente del Gobierno, hizo que gradualmente éste cediera a las presiones políticas de los ganaderos y terratenientes, hasta decidir el retiro del proyecto de la Asamblea Legislativa.

La primera denuncia acerca de posibles consecuencias negativas del PRAT, fue presentada por Mons. Arrieta el 31 de marzo de 1975cuando expresó: “el dolor que siento porque aquellas tierras irrigadas (por el desvío de las aguas de la vertiente atlántica a la del Pacífico) estén en manos de poquísimos dueños… ya que luego se beneficiarían solamente unos poquísimos y grandes terratenientes (…). El régimen de tenencia de la tierra, en la vasta zona que será irrigada, deberá cambiar sustancialmente (…). Que se haga ahí una verdadera y bien pensada Reforma Agraria (…) para que el precio de aquellas tierras sea establecido sobre su valor actual y jamás sobre el valor que adquirirán cuando sean irrigadas, para que luego no sean siete u ocho personas, principalmente, quienes se beneficien, cobrando usuras por las tierras irrigadas” (4).

El mismo Mons. Arrieta recordaba, unos 20 años después, esas polémicas, más bien ”proféticas” intervenciones suyas, comentando: “Como es comprensible, las personas que veían afectados sus intereses se volvieron en contra del obispo y lo combatieron en toda forma. Pero, benditos ataques, porque algo y tal vez mucho, contribuyeron a que las autoridades tomaron algunas medidas que, salvando la justicia, impidieran que se resquebrajaran la paz. ¡Cuánta razón tenía el grande Papa Pío XII al decir con el Profeta que “el fruto de la justicia es la paz!” (Is. 32,17). Eso fue lo que con mis anuncios y denuncias de entonces, busqué y creo que mucho se hizo. Quiero manifestar aquí que para quienes entonces me combatieron yo sólo guardo en mi corazón mucho amor y una mano tendida como signo de amistad” (5).

1.2. Pastor de Pastores

Del paso vigilante, fecundo de obras buenas y a la vez de “hombre de buen corazón” propio de Mons. Arrieta, quiero evidenciar aquí benevolencia y comprensión particularmente con sus sacerdotes. Otra vez le dejamos a él la palabra: “Tengo que decir que a lo largo de mis años como Obispo y Arzobispo, al mismo tiempo que me he alegrado por el edificante testimonio de la mayoría de mis sacerdotes, también he tenido que experimentar el dolor que producen las fallas de algunos. Pero Dios sabe que esas situaciones las he manejado con el más fiel apego al ejemplo de Cristo, que no quiere la muerte del pecador, sino que el pecador se convierta y viva (cfr. Ez 33,11); de Cristo que nos ha dicho que hay más alegría en el cielo por la conversión de un pecador que por noventa y nueve justos que no necesitan de penitencia (cfr. Lc 15,7); del Maestro que dijo a la mujer sorprendida en adulterio: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más” (Jn 8,10-11).

Cuando recuerdo mis largos años de obispo, recuerdo también las muchas, muchísimas horas que he dedicado en la oficina, a través del teléfono y mediante cartas, a tratar de lograr la conversión y la enmienda de sacerdotes que fallaron (…). Jesús sabe, como ellos lo saben, que jamás he disimulado o atenuado su pecado, que les he insistido en que deben cambiar, que deben sentir un estremecimiento al celebrar, en especial la Eucaristía, sin encontrarse en gracia de Dios; que un día deberán comparecer ante el tribunal de Cristo. Pero consciente también de los sentimientos de Cristo, los he animado al cambio, a la conversión, a no rechazar la mano amorosa del que los llamó por amor a ser partícipes de su sacerdocio. La conciencia me dice que no he sido débil y mucho menos alcahuete. He seguido el ejemplo de Cristo, que quiere misericordia y no sacrificio (cfr. Mt 9,13), y de ese ejemplo jamás me apartaré aunque por ello me critiquen los que pareciera que nunca se asomaron al amor divino del Padre que para rescatar a los que le ofendieron envió al mundo a su propio Hijo Jesucristo. ¿Cuándo el llamado a la conversión que el obispo haga a sus sacerdotes, podrá acercarse siquiera al infinito amor del Padre y del Hijo para con nosotros pecadores? La vida nos enseña, además que lo que no se logra tocando fuertemente a la puerta del sacerdote que ha fallado, mucho menos lo lograrán las sanciones.

Jamás hemos aceptado ni aceptaremos el pecado en nadie: ni en nosotros ni en los demás y mucho menos en los sacerdotes. Pero si no atienden a nuestra llamada, la culpa será de ellos y de ellos la cuenta a Dios. Una cosa debe quedar clara y es que el amor de su Pastor nunca les faltará, amor traducido en plegaria para que, convertidos, puedan decir como Pablo en el día de su muerte: “He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe “(2 Tim 4,7) (6).

1.3. De Tilarán a San José

El 10 de julio de 1979, la Santa Sede promovió a la sede arzobispal de San José, a monseñor Román Arrieta Villalobos. No fue ninguna sorpresa. Los 18 años de valiente y generoso servicio episcopal como primer Pastor de esta Diócesis de Tilarán, y ser él, desde 1970, presidente de la Conferencia Episcopal, habían sido la mejor preparación al nuevo y más exigente ministerio. El 2 de agosto del mismo año, Mons. Arrieta tomó solemne y formal posesión de su nuevo encargo, en Cartago, a los pies de Nuestra Señora de los Ángeles, como el mismo había dispuesto: “Cuando Su Santidad Juan Pablo II decidió trasladarme de la Diócesis de Tilarán a la Arquidiócesis de San José, como su V Arzobispo, lo primero en que pensé fue que tomaría posesión de la misma a los pies de nuestra amada “Negrita”, la Reina de los Ángeles, anhelo que cumplí el 2 de agosto de 1979. Quise así testimoniar a la Santísima Virgen María, mi amor y mi devoción entrañable hacia ella y poner bajo su maternal protección el nuevo ministerio a que su Hijo divino me llamaba. Eso llenó profundamente mi corazón de gozo y confianza” (7).

Cuando Monseñor Arrieta nos dejó, a nuestra Diócesis seguía correspondiendo el muy amplio territorio de la entera provincia de Guanacaste, los cantones de Guatuso, Los Chiles y Upala de la provincia de Alajuela y gran parte de la provincia de Puntarenas. Monseñor Arrieta había recorrido en varias oportunidades todo el vasto territorio de su Diócesis. Me quedé profundamente sorprendido y edificado cuando, durante alguna visita pastoral, en alguna, pequeña y alejada comunidad, los mayores aún recordaban y me hablaban de la visita de aquel joven obispo… Monseñor Arrieta nos dejó una Diócesis ya suficientemente organizada, con 37 sacerdotes para atender sus 16 parroquias. De Guatuso a Jacó, y de Tilarán a Carmona de Nandayure, vivían aproximadamente 285.000 habitantes, de los cuales un 95 % se declaraba católico, lo que significaba que había un sacerdote para aproximadamente 7.600 católicos, generalmente reunidos en pequeñas y distantes poblaciones.

Le tocó a Monseñor Héctor Morera Vega asumir la preciosa y desafiante herencia dejada por su Amigo, Hermano y Compañero, Monseñor Arrieta.

2. “Constructor de fraternidad”

El 4 de diciembre de 1979, el Papa, Beato Juan Pablo II, eligió como segundo obispo de nuestra Diócesis, al entonces párroco de Tilarán, el Presbítero Héctor Morera Vega, de 53 años de vida y 30 de presbítero.

De origen palmareño, como sacerdote siempre había prestado su servicio pastoral en los territorios de nuestra Diócesis, que antes de 1961 pertenecían, a la Diócesis de Alajuela. Fue ordenado Obispo el 27 de diciembre de 1979 asumiendo como lema “que el amor de Cristo nos congregue en unidad”. Ya antes de su ordenación episcopal sus profundos intereses para todos eran patentes: la vida pastoral diocesana, los problemas de la familia, los de carácter social y económico; el ser Pastor de nuestra tan extensa Diócesis, necesariamente los intensificó, y pronto todas nuestras parroquias, conocieron y se aprovecharon del celo pastoral y de la exquisita bondad de corazón de nuestro Mons. Morera. Su optimismo natural, sobrenaturalizado por la fe, se hace en nuestro obispo emérito, serenidad y perseverancia, que no decaen por las inevitables dificultades, contrastes y sufrimientos inherentes a nuestra actividad de Pastores… No pocas veces me viene a la memoria una de las primeras expresiones con que me acogió y animó cuando llegue a esta Diócesis: “No cabe desanimarse, ya que nuestro Dios ni duerme ni está enfermo”.

2.1. Guía y Maestro

El 27 de diciembre de 1981, con ocasión del segundo aniversario de su episcopado y el vigésimo aniversario de la Diócesis, Monseñor Morera publica su primer Carta Pastoral con el título Yo Pablo. En ella, él destaca su misión como nuevo obispo y agradece a Dios su elección y los frutos pastorales y misioneros de su antecesor, Mons. Arrieta.

La Carta se desarrolla sobre cuatro apartados, que corresponden a las cuatro prioridades de su pastoreo, en sintonía plena con los Documentos de Puebla (1979): los pobres, los jóvenes, la familia y la catequesis.

En esa carta-programa, hallamos afirmaciones de sorprendente actualidad y altamente inspiradoras. Entresacamos algunas: “Es nuestro deber hacer llegar el Evangelio a los auténticamente marginados, a los que no tienen poder, a los que pasan hambre y no tienen trabajo… pero sin que esto signifique exclusión de ningún tipo”.

Refiriéndose a la opción por los jóvenes, escribe: “Hay que crear en ellos una conciencia crítica que los libere de las profundas alienaciones a que los llevan las ideologías políticas, así como las corrientes hedonistas y consumistas en que vivimos”.

Cuando dirige su atención a la familia, manifiesta que conoce muy de cerca y en profundidad la situación en que ella se encuentra en nuestras tierras, y escribe: “el anuncio del Evangelio no excluye a ninguna clase de familia y las profundas heridas que muchas de ellas padecen, están esperando el bálsamo consolador de una buena noticia liberadora”.

La cuarta opción preferencial es por la acción catequética, entendida como acción pastoral específica, pero que no deba ser entendida sólo para niños y exclusiva para la preparación y la recepción de los sacramentos, sino como acompañamiento y formación permanente para todos los fieles.

Creo que esta primera Carta Pastoral de nuestro Obispo emérito, alcanza sus puntos más luminosos, cuando se insiste en la motivación profunda y primaria, de todo apostolado; no se trata de un razonamiento, sino de una Persona, Jesucristo. Es Él quien, vivo y presente en su Iglesia, la mantiene siempre joven, actual. Es por eso que todos los agentes de pastoral están llamados ante todo, a evidenciar su presencia entre nosotros, y entonces más que preocuparse por la justicia -por ejemplo– deberían manifestar a Jesús, el justo; y más que preocuparse del “humanismo”, están llamados a irradiar el “rostro humano de Dios”, que es Jesús; y más que defender una determinada teología, anunciar con pureza a Jesús, el Hijo de Dios.

Todo esto va a ser posible en la medida con que sea el Espíritu Santo el que mueve nuestra acción pastoral. Pero a su vez, esto va a ser posible si la oración ocupa el primer lugar en nuestra vida, de lo contrario -concluye Monseñor Morera– caemos con demasiada frecuencia en la tentación de hacer de nuestras ideas, de nuestros esquemas y proyectos pastorales, un absoluto, es decir, un “ídolo”.

Con motivo de sus diez años de episcopado, Mons. Morera escribe su segunda Carta Pastoral, y la tituló, Gracias Padre, publicada el 27 de diciembre de 1989. La intención de Monseñor, es bien concreta, y él mismo lo indica: “llamar la atención de todos para que me ayuden a dar gracias a Dios al estar cumpliendo diez años de mi ministerio episcopal”. Que toda su amada Diócesis se le una en dar gracias, sí por el nombramiento como obispo, pero también por el presbiterio que le acompaña, por los agentes de pastoral, por las religiosas y su abnegada entrega, por la multitud de laicos comprometidos particularmente en los movimientos apostólicos y en la pastoral social.

Su tercera Carta Pastoral es muy breve. Se titula y trata Sobre el Año Jubilar. Es del 27 de mayo de 1983 y se propone conmemorar e impulsar la celebración, en el territorio diocesano, el 1950 aniversario de la Redención del Señor, en sintonía con el Año Santo que Juan Pablo II había convocado. Mons. Morera escribió: “Es una invitación dirigida a toda la Diócesis para celebrar

viva e intensamente la Pascua Redentora, para estimular la vida espiritual de todos sus miembros. Para ello es de suma importancia y de urgente necesidad el testimonio de unidad y amor en medio de tantas tensiones y divisiones, y así podremos descubrir al mundo el rostro de un Dios que ama a los hombres, siendo sinceros y veraces entre nosotros, respetando la dignidad a que tiene derecho todo hijo de Dios, construyendo un mundo más humano, más fraterno”.

2.2. Profeta sin pretenderlo

Desde el comienzo de su episcopado, Mons. Morera, en pleno acuerdo con los Documentos de Puebla (1979) y de la Doctrina Social de la Iglesia, manifestó su opción preferencial por los pobres, sin embargo no hubiera querido que esto implicara conflictos y le creara “enemigos”. Él siempre se ha propuesto construir “puentes”, es decir, fraternidad y comunión, no “muros” y división. Pero el conflicto se dio y profundo. Su más extenso escrito, que es su cuarta Carta Pastoral, Tierra, Cielo y Mar, dada a conocer en mayo de 1996, ha sido causa y expresión de ese conflicto.

Este documento, que aún hoy en día goza de actualidad, ha sido el fruto de un trabajo colectivo de varios años, nacido de un primer diagnóstico participativo diocesano y del aporte interpretativo del mismo, llevado a cabo por especialistas de la universidad de Costa Rica.

Después de una amplia introducción sobre la realidad socio–económica de la Diócesis, en que enfatiza el nivel de pobreza en que vivían el 62.4% de los hogares, y en que subraya a la vez con profunda pena, la tasa de analfabetismo del 10.88% que duplicaba al promedio nacional, analiza y reflexiona sobre los temas ejes de este muy importante documento de su magisterio episcopal.

A Mons. Morera le angustia el grave problema de la tenencia de la tierra, constatando que “un pequeño grupo de ganaderos está detrás de los mayores latifundios, controlando además el poder político regional ”. Es por eso que propone, con sano realismo y valentía, una “reforma agraria que permita un acceso más equitativo de la mayoría, a los bienes que Dios nos ha dado ”(10).

La angustia llega a ser “grito”, cuando describe la situación de no pocos pescadores. Escribe: “nos escandaliza profundamente la situación, más que de vida, de muerte, en que viven nuestros pescadores, pobres entre los pobres: explotación, empobrecimiento, analfabetismo, alcoholismo y pesimismo (…). Hoy, con humildad, le pedimos perdón a nuestros hermanos del mar; no siempre nos preocupamos por ellos, no somos solidarios con ellos, como sí lo hizo Jesús (…) quien se hizo pescador con ellos”(11).

Otros temas ejes de la Carta, son el Urbanismo y la Migración. Los centros urbanos guanacastecos no son “ciudades”, como los de la Meseta Central, pero en ellos ya surgen a diario los problemas específicos de las “ciudades”, como son los de la salud, de la educación y de la violencia… El 1996, ¿cuáles eran los hospitales guanacastecos que pudieran dar “seguridad” a nuestros enfermos sin obligarlos a ser llevados a los Centros médicos de San José? Y, ¿cuáles carreras podían ofrecer nuestras universidades que llevaran hasta el bachillerato y la licencia? Las respuestas que da Mons. Morera en su Carta Pastoral, hacen pensar en que los territorios de su Diócesis, corresponden a “otra” Costa Rica, con situaciones de paradoja. Un ejemplo: siendo Guanacaste la región en que se producía, en 1996, la mayoría de la electricidad del País, teníamos un cantón, el de La Cruz, en que la red eléctrica no cubría el 44.12% de su territorio.

En cuanto al “mundo” de la migración, Mons. Morera, concluye su análisis con una súplica: “nos debe quedar muy claro que quienes se ven obligados a salir de sus países son personas humanas y no cargas económicas (…). Debemos organizar una solidaridad y preferencia evangélica por los más débiles, en especial por los migrantes más hundidos en la pobreza o en la ignorancia con sus múltiples apellidos: legal, religiosa, académica, social y económica” (12).

Bastan estas breves y sintéticas referencias para dar razón de la reacción polémica que causó su Carta Pastoral, Tierra, Cielo y Mar, particularmente con las altas autoridades de la CCSS y los representantes oficiales del sector agrario y turístico, quienes rechazaron, públicamente, varias afirmaciones de la misma, que ellos no compartían.

2.3. Padre y Amigo de sus Sacerdotes

Durante los casi 23 años de su servicio episcopal, Mons. Morera tuvo la dicha de ordenar a 52 presbíteros para nuestra Diócesis, además de 4 religiosos que prestarían su labor pastoral en donde sus superiores hubiesen establecidos.

No pocos seminaristas de la Meseta Central optaron para unirse a las vocaciones que iban floreciendo también en nuestras tierras. Cando el Papa, Bto. Juan Pablo II, con la bula “Maiori Christifidelium Bono” del 25 de julio de 1995 erigió la Diócesis de Ciudad Quesada, integrando en ella los cantones de Guatuso y Los Chiles, unos de nuestros presbíteros se integraron al clero de la nueva Diócesis.

Lo mismo aconteció, tres años después, cuando con la bula “Sacrorum Antistites” del 17 de abril de 1998, el mismo Papa Bto. Juan Pablo II, constituyó la nueva Diócesis de Puntarenas, que comprendía el territorio de la Provincia del mismo nombre, con sus cantones de Puntarenas, Montes de Oro, Esparza y Garabito, que anteriormente pertenecían a la Diócesis de Tilarán.

Mons. Morera se encontró rodeado por un presbiterio que reconocía como “joven y capaz” y que cooperaba a dar a nuestra Diócesis una “personalidad creativa y original” (13).

Es en relación con sus sacerdotes, cuando nuestro obispo emérito, manifiesta toda la profundidad, el “espesor” de su bondad, y el rasgo característico de su sano y cristiano optimismo. Escribía: “siento un presbiterio como mi estrecho colaborador en la misión de apacentar la grey que el Señor nos ha confiado. Por mis sacerdotes, mi misión de Enseñar, Santificar y Guiar pude llegar a todas las personas y a todos los lugares. Sin ellos, la Iglesia estaría sin pies para ir; sin ellos la Iglesia estaría sin boca para predicar; sin ellos, yo no podría cumplir mi misión (…). Me siento orgulloso de mi Presbiterio. Hay un buen espíritu en su trabajo; los encuentro entregados y fieles. Son trabajadores y sacrificados; ejercen con alegría su trabajo apostólico en una región que exige sacrificios incontables y renuncias que sólo soportan espíritus mayores. Les agradezco a Dios y a ellos su buena disposición hacia mí, por la confianza con que me tratan; por el respeto que me ofrecen y por lo liviano que me hacen, con sus sacrificios y renuncias, el oneroso ministerio episcopal: con ellos, es “yugo suave y carga ligera” (Mt 11,13) (14).

Mons. Morera escribió esta página en 1989, en el décimo aniversario de su ordenación episcopal, pero en ella se refleja lo que siempre él ha sido para con sus sacerdotes, todos, un Padre y un Amigo, que veía en ellos sólo el bien y que les concedía una de las más reconfortantes experiencias, la de sentirse realmente estimados y amados.

En su última homilía a sus sacerdotes el 11 de setiembre de 2002, en preparación para recibir al nuevo obispo, Mons. Morera les decía: “No quiero parecer regañón (nunca lo había sido) al final de mi ministerio como obispo, pues yo los quiero como un papá, y es por eso que quiero darles estos consejos:

 Que la oración sea fundamental en su vida…

 Que tengan todos un buen trato con sus fieles. No pocos fieles se han ido por injustos regaños, por una mala palabra.

 Preparen su predicación. Ustedes siempre me han visto con estos papelitos; no aburran a sus fieles. Estudien buenos comentarios.

 Mucha prudencia… el licor trae muchos males.

 Un día le ofrecimos el celibato al Señor; mantengamos nuestro sincero ofrecimiento; los fieles quieren a sus sacerdotes, honestos en cualquier circunstancia, siempre, con todos.

 Cuiden sobre todo la caridad fraterna. Practiquemos la comunión.

 Preocupémonos particularmente de los hermanos enfermos, tristes”.

Una vez más, casi dándonos su testamento espiritual, nuestro muy querido obispo emérito, nos mostraba su coherencia con lo que leemos en su escudo episcopal: “El amor de Cristo nos congrega en la unidad”.

3. Ligero de equipaje

El 8 de julio del 2002, encontrándome en México para unos cursos de Doctrina Social de la Iglesia, recibí una llamada del Nuncio en Costa Rica, Su Excelencia Mons. Antonio Sozzo, quien me comunicó que Su Santidad Juan Pablo II me había nombrado tercer obispo de la Diócesis de Tilarán.

La sorpresa fue grande, y no sólo para mí, misionero comboniano, italiano de origen y presente en Costa Rica sólo desde hacía nueve años, como profesor del Seminario Mayor. Fue sorpresa general también para los Presbíteros de Tilarán que, exceptuando unos pocos jóvenes sacerdotes que habían sido alumnos míos, no me conocían. Lo fue para todos.

De las Diócesis de Costa Rica, la nuestra era la que menos conocía; nunca había estado en Tilarán.

Me sentí como Abrahán a quien Dios le dijo: “Sal de tu tierra, vete a una tierra que yo te mostraré” (Gen 12,1). Y como él, me propuse “ponerme en camino, sin saber adónde iba, en pura fe” (Heb 11,8-9), pero con la convicción de que “Dios interviene en todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom 8,28).

El día de mi ordenación episcopal, el 21 de setiembre del 2002, fiesta del Apóstol y Evangelista San Mateo, ningún familiar mío pudo acompañarme: mi padre había fallecido hacía años y mis hermanos estaban “ocupados” en torno a mi madre que se encontraba en estado terminal por un cáncer devastador… El Señor me enviaba a estas tierras, realmente “ligero de equipaje”, de cualquiera, incluso del afectivo, para indicarme que me llamaba a darme con una entrega total e incondicional a esta nueva familia que El mismo me había dado, nuestra muy amada Diócesis de Tilarán. Es por eso que el primer día de mi servicio episcopal, rodeado por nuestros sacerdotes, en la Catedral de Tilarán, dije a todos: “tengan la seguridad de que mi vida ya les pertenece, con un amor ilimitado, para todas las personas. Ya nunca dejaré de ser suyo, y totalmente consagrado para su mayor bien. El día y la noche, el sol y la lluvia me encontrarán igualmente y siempre, dispuesto a atender sus necesidades espirituales; el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el joven y el viejo, tendrán siempre igual acceso a mi corazón. Su bien será el mío, y sus penas serán también las mías. Quiero hacer causa común con cada uno de ustedes, y el día más feliz de mi existencia será aquel en que por ustedes pueda dar la vida”.

3.1. Primeros pasos

Con mi casi nulo conocimiento del territorio diocesano me di a la tarea de “acercarme” cuanto antes a las distintas parroquias y comunidades y “convivir”, al menos durante una semana, con sus sacerdotes. Gracias a Dios pude realizar la Visita Pastoral a toda la Diócesis y lograr un suficiente conocimiento de nuestra realidad religiosa, social y económica. Lo necesitaba para “orientar” mi servicio pastoral con sus opciones preferenciales.

Había llegado la hora de intentar aplicar a nuestra realidad diocesana, lo que durante años había explicado a mis alumnos en las aulas, particularmente en lo referente al ser y al quehacer de la Iglesia. De lo mucho que se ha escrito acerca del misterio de comunión que es la Iglesia, me había impactado el siguiente texto de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, del Vaticano II. En sus números 4 y 12 leemos: “La Iglesia se manifiesta como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La universalidad de los fieles que tiene la unción del Espíritu Santo no puede fallar en su creencia, y ejerce esta particular propiedad mediante el sentido natural de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles seglares manifiestan un asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con ese “sentido de la fe”, que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios; se adhiere indefectiblemente a la fe que ha sido transmitida de una vez para siempre a los fieles; penetra profundamente en ella con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente a la vida.

Además el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y los enriquece con las virtudes, sino que distribuyéndolos a cada uno en particular según le place, reparte entre los fieles dones de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1Cor 12,7).

Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados a las necesidades de la Iglesia (…). A quienes tienen autoridad en la Iglesia, compete ante todo no sofocar al Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno” (1Tes 5,12).

He preferido transcribir este largo texto para que podamos evidenciar en él unas verdades que he intentado, durante estos diez años de servicio episcopal, asumir como principios y criterios de acción. Son los siguientes:

1) La Iglesia, nuestra Iglesia de Tilarán-Liberia, es ante todo un misterio de comunión, construida y reconstruida por la acción del Espíritu Santo.

2) Quien la guía, es el mismo Espíritu Santo. De ahí que todos los que en ella tenemos por vocación el deber de prestar el servicio de la autoridad, debamos ante todo discernir lo que el Espíritu dice a su Iglesia. Se nos impone la actitud de total docilidad, sin caer en el fácil riesgo de imponer planes y proyectos preconcebidos. San Pablo en su Carta a los Romanos escribe: “es cristiano el que es guiado por el Espíritu” (8,14); esa es exigencia incuestionable e imprescindible para cuantos Dios llama a ser “guías” en su Iglesia.

3) Es el Espíritu Santo quien distribuye dones y carismas, desde los más sencillos a los más extraordinarios, para edificación de su Iglesia. Corresponde entonces a la autoridad en la Iglesia, no excluir ninguno, sino acogerlos todos con gratitud, aunque con la obligación de discernir su autenticidad (cfr. Gal 5,22).

4) Si es la acción del Espíritu Santo la que hace posible la Iglesia, él es también, como lo ha afirmado y escrito el Bto. Juan Pablo II, el Protagonista de la misión. “Sin duda la obra salvífica ha sido encomendad por Jesús a los Apóstoles y por ellos a toda la Iglesia, sin embargo en todos los agentes de la misión, el Espíritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de la realización de esta obra en el espíritu del hombre y en la historia del mundo (…). Mediante su acción, la Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se difunde en la historia. En todo está el Espíritu Santo que da la vida” (16).

3.2. ¡Ámense y vayan por todo el mundo!

En este doble mandato del Señor, queda descrita la Iglesia: ella es - lo volvemos a decir – Comunión y a la vez es Misión. Más bien, ésa última nace de la primera, ya que siempre la Misión brota de la Comunión del Cenáculo. La una y la otra son frutos del Espíritu Santo que es Amor.

He aquí el cometido fundamental de nuestra Iglesia particular de Tilarán-Liberia: ser comunión para constituirse en estado permanente de misión. A esto hemos dirigido y queremos seguir dirigiendo todos nuestros esfuerzos.

San Juan en su Evangelio nos narra que “entre los que habían llegado a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión de la fiesta (de Pascua), había algunos griegos. Estos se acercaron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12,32). En aquellos “griegos”, no judíos pues, están representados todos los hombres y de todos los tiempos. Dios mismo que “quiere que todos los hombres se salven” (1Tim 2,4) ha puesto en el corazón de toda persona, ese anhelo de búsqueda de la verdad y de sentido de la propia existencia. Toda persona humana, por vocación sobrenatural, es “peregrina del Absoluto”; aún sin saberlo, su sed más profunda es sed de Dios.

Nos corresponde a nosotros, por mandato divino y por la naturaleza íntima de la Iglesia, ir al encuentro de todos los “sedientos de Dios”, de todos los que “quieren ver al Señor”. La Iglesia en nuestro Guanacaste y Upala, como en cualquier parte del mundo, debe darse cuenta de que siempre ella es “misionera”. La misión pertenece de tal modo a su naturaleza, que nunca y en ninguna parte, ni siquiera en los Países de sólida tradición cristiana, puede dejar de ser misionera. La Iglesia, todos nosotros, debe ser incansable en la misión recibida de Cristo. La suya fue una auténtica “pasión por la misión”, y ha sido esa pasión que le llevó a la Pasión de la Cruz. La Iglesia debe ser humilde, pero valiente como Cristo y los Apóstoles. No podemos desanimarnos, ni siquiera ante contrastes, protestas o cualquier tipo de acusación posible y rechazo. No podemos dejar de proclamar la más bella, la mejor Buena Noticia que la humanidad jamás haya oído, y que tiene un nombre, Jesucristo. Ya San Pablo fue consciente de esto cuando escribía a su amado discípulo Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda paciencia y deseo de instruir” (2Tim). Este deber, tan íntimo, ha sido confirmado por aquellas otras palabras suyas: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio) (1 Cor 9,16).

El Plan Global de Pastoral que publicamos en el 2005, en que integramos el fruto de anteriores Asambleas Diocesanas, quiso ser precisamente una insistente invitación (y a la vez su humilde expresión) a una verdadera conversión misionera, o lo que es lo mismo, a lo que los Documentos de Aparecida llaman conversión pastoral. Esta “requiere que nuestras Comunidades sean comunidades de discípulos – misioneros reunidos en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor” (DA 368).

A su vez la Conversión pastoral “exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (DA 370).

En no pocas ocasiones tengo la impresión de que el compromiso misionero, fundamental para la verdadera y única identidad del discípulo de Cristo, como que haya “migrado” - para decirlo de algún modo - hacia comunidades que pretenden ser cristianas sin pertenecer a nuestra Iglesia Católica. Quienes predican a “tiempo y a destiempo” y con todos los medios, quienes visitan con insistencia a las familias, quienes invitan a nuestros niños de las ´periferias urbanas y a nuestros jóvenes, a días de “evangelización”, a “escuelas dominicales”, a campamentos… son ellos, los que un día a lo mejor fueron católicos y que ahora pertenecen a una de las innumerables grupos no católicos… Urge recuperar todo el peso del mandato misionero de Cristo.

Ha sido de profundo consuelo que todo nuestro presbiterio y los representantes de todos los agentes de pastoral, reunidos en sucesivas asambleas, aprobáramos e hiciéramos nuestro, el Objetivo General de nuestro Plan Global de Pastoral. El consiste en “Desarrollar un proceso de evangelización y de formación permanente que construya una Iglesia diocesana misionera, comunidad de comunidades, icono del amor trinitario y servidora del Reino, desde una pastoral orgánica, que testimonie a Cristo Vivo, camino de salvación, para la conversión de todo ser humano en discípulo del Señor y la transformación de la sociedad cambiante y necesitada de los valores del Reino, en familia de Dios”.

Una vez más doy gracias a Dios por la claridad, la precisión y la actualidad de este Objetivo General. Lo considero una verdadera inspiración del Espíritu Santo. Los Documentos de Aparecida del 2007, llegaron a confirmar su contenido e inclusive su expresión. He aquí un ejemplo: “Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida de Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu Santo que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperiosos asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimentan el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Jn 17,21; DA 362).

Si es propio del misionero el “exire” (AG 6), es decir, el salir, hoy en día todo discípulo de Cristo, todo presbítero, diácono, consagrado y consagrada, se siente urgido a una labor de santo contagio, “saliendo” al encuentro de sus hermanos. No basta organizar un horario de actividades parroquiales; es urgente salir y recorrer todos los caminos en donde sea posible encontrar a los hermanos y hermanas que se han alejado de nuestra Familia- Comunidad en que nacieron por el Bautismo, o que nunca se han acercado.

Es tiempo de heroísmo cristiano, de aquella “pasión” que animó al Buen Pastor a dejar las ovejas del redil (las que haya) para buscar a la descarriada. Debemos buscar a nuestros hermanos y hermanas, amándolas con el ardor del Corazón de Dios. Es por eso que existe la Iglesia, la nuestra de Tilarán-Liberia, y en ella cualquier estructura y cualquier carisma. Ella no existe para sí, sino que existe para el mundo, especialmente para los hermanos que nada y muy poco saben de Cristo.

3.3. Presencia misionera

La Iglesia no puede pretender “convertir” a los destinatarios de su acción pastoral ya que la decisión pertenece al ejercicio de la propia libertad. En ningún momento podemos olvidar lo que la misma Revelación nos dice: “Fue Dios quien al principio creó al hombre y lo dejó en manos de su libre albedrío” (Ecco15, 14). La acción de la Iglesia pues, es siempre una acción de “pro- puesta”, en la espera de una “res- puesta”. La Iglesia, servidora, ofrece sus dones, que son los del Señor, en la esperanza de que sean acogidos. Es por eso que su primer deber, en fidelidad al mandato del Señor, “vayan por todo el mundo” (Mt 28,19) consiste en hacerse presente y evidenciar con todo los medios posibles, su presencia servidora, de madre y maestra.

Eso ha sido lo primero que me propuse al llegar como “humilde trabajador” a esta nuestra Diócesis. Y consciente de que la oración es el alma de todo apostolado y de que la Vida Contemplativa que se caracteriza por ser vida de silencio, oración y penitencia, es después del martirio, el carisma más preciado y fecundo de bien, hicimos todo lo posible para asegurar la presencia de las Hermanas de la Cruz del Sagrado Corazón. Para ellas se construyó el Convento en Tilarán y cuando ellas tuvieron que retirarse por falta de vocaciones, fueron sustituidas por las Madres Mercedarias, igualmente monjas de claustro y dedicadas a la adoración perpetua al Santísimo Sacramento.

De su parte el Señor nos “sorprendió” regalándonos una nueva experiencia de vida contemplativa masculina, la única hasta ahora en toda Costa Rica. Nos referimos a los Ermitaños Penitentes de la Divina Misericordia, comunidad monástica que se ha ido reuniendo en torno al Santuario Diocesano de la Divina Misericordia, en nuevo Arenal, bajo la guía de nuestro muy querido Padre Javier Dengo. Durante la Visita “ad limina”, en Roma, en el 2008, el Cardenal Rodé, prefecto de la Congregación de Vida Consagrada, mostró mucho interés en conocer esta nueva obra y me encomendó que la apoyara. Cosa que siempre he hecho. Ha sido un momento intenso de conmoción y de santa fiesta, cuando el 21 de mayo de este año, el Nuncio del Papa Benedicto XVI, en Costa Rica, Monseñor Pierre Nguyén Van Tot, bendijo el nuevo eremitorio para los seis monjes que entregan su vida de oración constante y de penitencia, particularmente por la santificación de los sacerdotes.

No olvidamos lo que afirma el Decreto, “Ad Gentes” del Concilio Vaticano II: “La vida contemplativa pertenece a la plenitud de presencia de la Iglesia. Por eso es necesario establecerla en todas las Iglesias nuevas” (AG 18).

Nunca agradeceremos suficientemente a Dios, la presencia de estos dos faros luminosos que el mismo, en su Providencia, ha querido encender en nuestra Diócesis, y que irradian vida y anhelo de santidad.

Al llegar a Tilarán, se me impuso otra urgencia de “presencia misionera”. Encontré una diócesis con muchos y generosos agentes de pastoral, pero con escasez de clero y con muy poca esperanza de próximas ordenaciones. En efecto encontré 6 seminaristas pero que muy pronto dejaron, todos, el seminario. Además el Señor llamó a su presencia, en muy poco tiempo 6 de nuestros sacerdotes, y otros volvieron a su País o a su Diócesis, y otros abandonaron el ministerio… En muy poco tiempo la Diócesis se encontró con 12 sacerdotes menos. Teníamos que leer ese desafiante nuevo “signo de los tiempos”.

Ha sido el Señor, “Dueño de la mies” en darnos la solución con la llegada de misioneros de cinco distintas congregaciones misioneras, y de algunos sacerdotes “Fidei Donum”. Esto nos ha permitido no sólo evitar de dejar alguna parroquia sin sacerdote, sino el poder abrir durante estos últimos 10 años, 8 nuevas parroquias, y enviar a un segundo sacerdote a algunas parroquias en donde antes había sólo uno…

Agradecemos la disponibilidad de los sacerdotes “misioneros” que han aceptado encargarse de las parroquias más alejadas del centro diocesano que a la vez son casi siempre las más pobres, como son: La Cruz, Birmania, San José de Upala, San Francisco de Coyote, Colorado de Abangares, Bebedero…

Ellos a su vez agradecen la acogida que han experimentado de parte de los “nuestros” y la libertad que han tenido para presentar y fomentar su carisma. No cabe duda: nuestra Diócesis de Tilarán-Liberia está practicando su catolicidad o universalidad en un grado extraordinario, con misioneros y misioneras de unas 12 nacionalidades. Es una gran riqueza, aunque ella pueda dificultar la “convergencia” de todas las fuerzas apostólicas en el camino de comunión a que todos estamos llamados. De todas formas, no hay comparación entre todas las ventajas que la variedad de fuerzas apostólicas ha traído a nuestra amada Diócesis, y las inevitables dificultades de su integración y coordinación.

Una manera nueva de “presencia misionera” en nuestra Diócesis es la de los Diáconos Permanentes. Algunos discípulos – misioneros del Señor son llamados a servir a la Iglesia como Diáconos Permanentes, fortalecidos, en su mayoría por la doble sacramentalidad del matrimonio y el orden. Ellos son ordenados para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la liturgia, especialmente para los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio. Acompañan también la formación de nuevas comunidades, especialmente en zonas alejadas, casi fronteras geográficas y culturales, en donde con dificultad llega la acción ordinaria de la Iglesia (cfr. DA 205).

El Concilio Vaticano II ha pedido la restauración del Diaconado Permanente, ya en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, “Lumen Gentium”, en su número 29, como en el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia “Ad Gentes”, en el número 16. Para su restauración no conviene evidenciar sólo la necesidad de sus funciones, sino sobre todo su identidad en la Iglesia. Es decir: Cristo instituyó el sacramento del orden en tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado. Como los dos primeros son grados “permanentes”, así análogamente, lo debe ser el tercero, el del diaconado. Sin él, algo importante, querido por Cristo, faltaría a su Iglesia. Además es del todo conveniente que en el Diaconado Permanente, se refleje la íntima vocación y naturaleza de la Iglesia, toda ella diaconal, es decir, servidora, a imitación de Cristo que se declara “diácono servidor entre los suyos” (cfr. Lc 22,27).

Actualmente contamos con unos 10 diáconos permanentes, (otros están formándose) que prestan un servicio realmente admirable y de grande responsabilidad en las distintas Comunidades y en el trabajo de coordinación diocesana de las áreas de pastoral familiar, pastoral juvenil, y pastoral catequética.

3.4. Riqueza de carismas

“La Vida Consagrada, en todas su formas, es un don del Padre por medio del Espíritu a su Iglesia y constituyen un factor decisivo para su misión. Se expresa en la vida monástica contemplativa y activa, los institutos seculares, a los que se añaden las sociedades de vida apostólica y otras nuevas formas. Es un camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con un corazón indiviso, y ponerse como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, asumiendo la forma de vida que Cristo escogió, para vivir en este mundo: una vida celibataria, pobre y obediente” (DA 216).

Invito a que todos demos gracias a Dios por las varias formas de Vida Consagrada que han ido haciéndose presente en nuestra Diócesis, particularmente numerosas en los últimos 10 años. Son un don de enorme valor con que el Señor ha enriquecido esta nuestra Iglesia particular.

Los miembros de esta “Gran Familia” de consagrados y consagradas, en estrecha comunión con el clero diocesano, trabajan en los múltiples frentes del apostolado misionero: la apoyan y sostiene desde sus conventos, como en el caso de los contemplativos y las contemplativas; otros asumen la labor parroquial; unas hermanas se dedican generosamente al apostolado de la educación; otras al cuidado de los niños o de los ancianos; unos jóvenes “consagrados” abren brecha en la periferia urbana tan desafiante… Todos y todas con una verdadera “pasión por la misión”, al estilo de sus fundadores y fundadoras.

Nuestra gratitud, profunda y sincera, merecen también los fieles que se integran a la variedad de “grupos apostólicos” y en primer lugar los y las catequistas, numerosos, abnegados y constantes en su preciosa e insustituible labor. ¿Cómo podrán nuestros presbíteros y diáconos llegar a las más que 600 comunidades de nuestra Diócesis, y con frecuencia alejadas del centro parroquial, si no fuera por los Catequistas, Delegados de la Palabra, Animadores y Responsables de comunidad? Les reconocemos su magnífica labor y les animamos a continuar el compromiso que adquirieron especialmente con el Bautismo y la Confirmación.

Para cumplir su misión con responsabilidad y una adecuada preparación, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural (cfr. DA 212). Es por eso, que aún reconociendo la importancia de una imprescindible “formación parroquial”, tarea y responsabilidad del equipo sacerdotal de la Parroquia, nos hemos dado a la tarea de constituir en el 2005, un Instituto Diocesano de Teología para Laicos, titulándolo al Papa “de los laicos”, el Bto. Juan Pablo II. Hoy en día ya es una realidad viva en las cinco Vicarías foráneas (Liberia, Santa Cruz, Nicoya, Tilarán-Cañas y Upala) en donde funcionan con un horario “exigente”, de las 7.00 a.m. a 4.00 p.m., todos los sábados. El entero curso es de 3 años y medio, concluyéndose con un trabajo personal de investigación…

Agradezco el empuje constante y la labor docente “ad honorem”, gratuita pues, con que un grupo selecto y calificado de sacerdotes, religiosas y laicos han asumido la labor docente en este nuestro Instituto de Teología. Los frutos han sido admirables; los laicos participan en él con entusiasmo, con verdadera hambre de “saber más” de la propia fe. Confío en Dios que ha inspirado la “obra”, pero confío también en los sacerdotes, párrocos y vicarios, para que nuestro Instituto Bto. Juan Pablo II, no decaiga, sino que se consolide en las 5 Vicarías, por la calidad de los docentes, la perseverancia de los alumnos, (laicos y no pocas religiosas) y la responsabilidad de sus Directores, del General y de los Vicariales. Los frutos ya logrados, son a la vez una promesa y un compromiso para el futuro.

3.5. “Vayan y enseñen”

En fidelidad al mandato de Cristo, la Iglesia, nuestra Iglesia de Tilarán-Liberia tiene el gran desafío de “mostrar la capacidad de promover y formar discípulos – misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo” (DA 14). Para responder a este desafío, hay que aprovechar de todos los medios. Como se lo exhortaba San Pablo a Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tim 4,2).

La Pastoral Educativa, no cabe duda, es un medio privilegiado de evangelización en cuanto que se compromete a que el Evangelio llegue a la población joven de nuestra Diócesis. Ella tiene como objetivo explicitar lo implícito del Evangelio para los miles y miles de alumnos de nuestras escuelas y nuestros colegios. Lo debe hacer anunciando y “viviendo” a Jesucristo con valentía, con vehemencia y claridad. Ella coopera a que el “currículo” y programas de estudio no sólo sean “integrales”, sino también evangelizadores.

Desde estas páginas queremos pues agradecer a todo los profesores de “Educación Religiosa”, por su insustituible labor evangelizadora, con frecuencia en situaciones difíciles, e inclusive “heroicas”. Tengan la seguridad de que tienen todo nuestro apoyo, nuestra sincera profunda gratitud. Para no pocos grupos de jóvenes, son ustedes los únicos heraldos del Evangelio. Les exhorto a la vez, a que perseveren generosamente en su tan delicada labor, asumiéndola no como profesión, sino como lo que es, una auténtica y preciosa vocación – misión cristiana.

Hay otro frente, aún más desafiante, en que podemos comprometernos para ir irradiando la Buena Nueva de la Vida: el constituir Centros Educativos Católicos. Es verdad, puede ser que sea “muy poco” lo que podamos lograr. La educación cuesta mucho y no podemos exigirles a los padres que se impongan verdaderos sacrificios económicos para asegurarles a sus hijos una “alternativa” a la educación pública. Ha sido por eso que “educación privada” ha significado casi siempre en Costa Rica, educación para familias de elevados recursos económicos. Y no puede ser de otro modo, a menos que el Estado, fiel al principio de que los primeros responsables de la educación son los padres, asegure sostener los centros educativos que en el respeto de las exigencias de la educación pública, ofrezcan una “sana alternativa”, a la misma.

A pesar de las muchas dificultades, conscientes de lo que hoy se reconoce como “Emergencia educativa”, hemos hecho lo posible para iniciar un proceso de apertura de Centros Educativos Católicos. Al respecto, nos encontramos en plena sintonía con lo que en el 2007 afirmamos los Obispos de América Latina y del Caribe reunidos en Aparecida por la V Asamblea General: “Nuestro Continente y el Caribe - escribimos – viven una particular y delicada Emergencia Educativa. En efecto, las nuevas reformas educacionales de nuestro Continente, impulsadas para adaptarse a las nuevas exigencias que se van creando por el cambio global, aparecen centradas prevalentemente en la adquisición de conocimientos y habilidades, y denotan un claro reduccionismo antropológico, ya que conciben la educación preponderantemente en función de la producción, la competitividad y el mercado. Por otra parte, con frecuencia propician la inclusión de factores contrarios a la vida, a la familia y a una sana sexualidad. De esta forma, no despliegan los mejores valores de los jóvenes ni su espíritu religioso” (DA 328).

Desde nuestra “pequeñez” y bien conscientes que podía ser no tan constatable lo que podíamos ofrecer como respuesta nuestra a la “Emergencia Educativa”, nos hemos dado a la tarea de abrir nuevos Centros Educativos Católicos. Durante este tiempo de servicio episcopal hemos abierto 7, que ofrecen actualmente una educación que pretende ser realmente “integral”, sin ningún tipo de reduccionismo y atenta particularmente a la dimensión religiosa. En ellos se están formando actualmente unos 1.300 alumnos, a los que se unen los 750 del Colegio Santa Ana, de las Hermanas del mismo nombre, en Liberia, y los 250 del Colegio Espíritu Santo de las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada, en Santa Cruz.

Agradecemos de todo corazón a cuantos, Padres de Familia, Profesores, Directivos, Religiosas, Sacerdotes… han creído en este nuestro proyecto y lo han sostenido. Nuestro agradecimiento va también al Ministro de Educación Pública que confiando en que nuestra “oferta” excluye toda intención de lucro, nos han apoyado para que se nos otorgara un adecuado estímulo económico a cuatro de nuestros Centros Educativos; eso permite no elevar lo que las familias deban aportar, y que a nuestros Centros Educativos puedan acceder alumnos de cualquier estrato social.

No es mucho el tiempo durante el cual nos hemos comprometido al frente de la educación católica, para ofrecer una adecuada evaluación de la misma, sin embargo podemos afirmar que los frutos ya son abundantes y que nuestros Centros Educativos están siendo “verdaderos” Centros de Evangelización para los alumnos, para sus padres y constatamos que van constituyéndose como “referencia” positiva para los demás Centros Educativos.

Confiamos también que la sede regional de la U. Católica en Nicoya y la nueva presencia de la misma, en los locales de la Curia en Liberia, sean nuevos centros de evangelización, además de centros de cultura. Es motivo de esperanza también el recién constituido Centro Cultural Católico “Pbro. Fernando González” siempre en Liberia.

La tarea que tenemos por delante es realmente muy demandante, pero no queremos renunciar a ella. Ha quedado expresada en los “Idearios” de la Educación Católica de nuestra Diócesis, y con términos aún más luminosos en los Documentos de Aparecida: “Debemos rescatar o (¡mantener!) la identidad católica de nuestros Centros Educativos por medio de un impulso misionero valiente y audaz, de modo que llegue a ser una opción profética plasmada en una pastoral de la educación participativa” (DA 337).

3.6. Nuestras opciones Preferenciales

Una vez que los medios de comunicación se enteraron que el Bto. Juan Pablo II, me había nombrado Obispo de Tilarán, hace ya 10 años, los periodistas tenían para mí una pregunta que me sorprendía y a la que no podía contestar como ellos hubiesen querido. Sentía que me ponían al nivel de un “candidato político” a quien se le pregunta y se le exige un programa y un conjunto de propuestas. Yo simplemente no lo tenía ya que jamás había hecho parte de mis proyectos, el ser Obispo. Siempre soñé con ser un misionero, exclusivamente misionero, de los que el Señor llamó para que estuvieran con Él y para enviarlos.

Sin embargo, al poco tiempo de estar en nuestras tierras guanacastecas y upaleñas, ya tenía claras mis opciones preferenciales, es decir, aquellos ámbitos de la pastoral en que Dios me llamaba para que trabajara con tesón, valentía y constancia, sin preocuparme tanto de los resultados cuanto de cumplir con la voluntad de Dios.

En nuestras tierras, constatamos un profundo amor a la vida, y entonces a los niños; además toda la existencia, todos los muchos e intensos momentos de fiesta (esta dimensión, atraviesa en profundidad toda nuestra cultura), están envueltos en la religiosidad, profunda y manifestada. Eso hace que yo repita con frecuencia: “aún no he conocido ningún guanacasteco ateo”… Sin embargo, hay un amplio campo de nuestra cultura, en que las exigencias de la novedad evangélica, aún no se hace notar suficiente y eficazmente. Me refiero a la familia. Esta es el sagrario de la vida y la célula fundamental de la sociedad, el espacio privilegiado de transmisión de los más auténticos valores, iglesia doméstica, circulación de amor, y que se constituye por la relación nupcial entre un hombre y una mujer, por una unión monogámica indisoluble y abierta a la vida, y siendo entre los cristianos de carácter sacramental. ¿Cuántas de nuestras familias corresponden real y verdaderamente a esta descripción? Reconocemos que de hecho, en nuestros ambientes guanacasteco y upaleño, estamos lejos del ideal cristiano de familia. En mis visitas pastorales y de otro tipo, he constatado que especialmente en la “bajura”, lo normal ha sido y es la “unión libre” entre las parejas y la situación de “madre soltera”… Escribíamos en nuestro Plan Global de Pastoral 2005- 2009: “La práctica de las uniones de hecho, tan abundantes entre nuestro pueblo, no deja de preocuparnos a todos los pastores de la Iglesia, ya que se mira con indiferencia la recepción del sacramento del matrimonio. A su vez esto conlleva otro doloroso hecho que vamos arrastrando históricamente, a saber el de las familias sin “padre” presente, consecuencia de una “cultura machista” que enfatiza más el poder generativo que el acompañamiento de los hijos, la responsabilidad educativa y la permanencia fiel al lado de la madre de los propios hijos”(17) .

No podemos prever lo que será posible alcanzar, también porque a estos factores locales, “nuestros” que nos son tan adversos, se añaden los ataques en contra de la verdadera familia, que nos llegan de las propuestas “light”, superficiales, inmediatistas e instintivas, propias de la post modernidad.

Sin embargo, una y otra vez, cada día, nos proponemos “recomenzar desde Cristo” desde sus propuestas salvíficas que ennoblecen a la familia. Jesús, también en el caso de la familia, empezó haciendo antes que enseñando. Él valoró tanto la vivencia familiar que quiso participar él mismo de una familia. Ahí pudo experimentar todo lo grande, lo bello, lo educativo… de la familia, pero también experimentó la pobreza, más aún la persecución que lo obligó a ser un migrante más. En su familia acostumbraba cumplir las tradiciones religiosas de su pueblo, aprendiendo (¡el que como Verbo ya todo lo sabía!) el amor a Dios, el respeto de sus mandamientos, el amor a sus vecinos, a todo necesitado y “progresando en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52).

Nos acompaña una profunda e incuestionable convicción: un pueblo, una cultura, tanto más podrá decirse que han asimilado los valores cristianos, cuanto más se den familias como Cristo las propuso, a saber, como “eran en el principio”, como el Padre las quería, es decir, las que tuvieran como fundamento un matrimonio monogámico, indisoluble y abierto a la vida.

En cualquier caso, estamos constatando un hecho consolador y que nos anima a todos a no escatimar esfuerzos para acercarnos al ideal cristiano. En nuestras tierras están aumentando, años tras años, los matrimonios cristianos. No creemos que se deba a “gente” que nos llega por la demanda del sector turístico, sino como fruto del trabajo pastoral de sacerdotes, diáconos, religiosas y laicos comprometidos. Se lo agradecemos, y les acompañamos con nuestro incondicional apoyo y con nuestra oración. Nunca se pierde tiempo cuando se trabaja con constancia y con… esperanza, para dar a la Iglesia y al País, familias estables. Que la Pastoral Familiar que va integrando otras Instituciones a favor de la Familia (MFC, Encuentros Matrimoniales, Matrimonios para Cristo…) halle en todos los grupos apostólicos, en todos nosotros, clero, religiosas y fieles, unos valientes y abnegados colaboradores en favor del gran tesoro de nuestras familias, “patrimonio de la humanidad”, como acaba de decirlo nuestro Santo Padre, en la Asamblea Mundial de las Familias en Milán.

Con la Familia, ha sido y seguirá siendo prioridad de nuestro servicio pastoral, la juventud, y no sólo en nuestros escritos y programas, sino en nuestra constante preocupación y acción evangelizadora. Da fe de esto el mucho tiempo que durante estos 10 años, he dedicado en visitar colegios y grupos juveniles, consciente de que para muchos de ellos, esta es la única manera para acercarme a ellos, para escucharlos y ser escuchado. Aprovecho aquí la oportunidad para agradecer profunda y sinceramente a los Directores de los Centros Educativos y a Asesores Regionales, la acogida benévola y atenta que me han reservado todas las veces que he podido visitar los Centros educativos a su cargo.

El Bto. Juan Pablo II acostumbraba dirigirse a los jóvenes, a los que tanto quería y por lo cual se le í iba llamando, “el Papa de los Jóvenes”, con la conocida expresión: “futuro de la humanidad, esperanza de la Iglesia, y mi esperanza”. Lo son también para nosotros, y convencidos de que nunca se pierde tiempo cuando se trabaja por los jóvenes, renovamos nuestro compromiso en asumir los múltiples, en no pocas veces “desbordantes” desafíos que nos vienen de nuestros jóvenes, todavía numerosos, a pesar de la disminución de la natalidad y de la migración interna. Tenemos la esperanza de que nuestros jóvenes no van a defraudar nuestros desvelos apostólicos en su favor, y desde esta esperanza impulsamos su formación constante y dinámica. Como afirman los Documentos de Aparecida, “ellos representan un enorme potencial para el presente y el futuro de nuestra Diócesis. Ellos son sensibles para descubrir su llamado a ser discípulos y amigos de Jesús. Ellos son los “centinelas del mañana” comprometiéndose en la renovación del mundo a la luz del Plan de Dios. No temen el sacrificio, ni la entrega de la propia vida, pero sí una vida sin sentido. Por su generosidad, están llamados a servir a sus hermanos, especialmente a los más necesitados, con todo su tiempo y vida. Tienen capacidad para oponerse a las falsas ilusiones de felicidad, y a los paraísos engañosos de la droga, el placer, el alcohol y todas las formas de violencia. En su búsqueda del sentido de la vida, son capaces y sensibles para descubrir el llamado particular que el Señor Jesús les hace” (DA 443).

Por otro lado se dan en nuestras tierras situaciones que nos angustian: la combinación entre el hecho de familias “desarticuladas”, el notable desempleo juvenil, los “espejismos” fomentados por los medios de comunicación… han ido constituyéndose como base de las alarmantes tendencias al ascenso de criminalidad joven. No es suficiente tratar este grave fenómeno sólo desde la perspectiva de la “seguridad ciudadana”. Además constatamos que los centros educativos, en general, ya no son centros que transmitan los valores que han dado identidad cultural a nuestra Región: con frecuencia son - y lo decimos con profundo dolor y decepción – espacios de difusión de contravalores, de drogas, de sensualismo, de críticas a las instituciones fundamentales de una sociedad como son la familia, la Iglesia y el poder político.

¿Qué decir del nivel de la educación escolar de la primaria y colegios de nuestro Guanacaste y Upala? ¿Los prepara a dar los pasos necesarios para los niveles escolares que les espera? La respuesta no es única, pero también este campo de la “vida juvenil”, nos interroga y nos exige un fuerte compromiso en su favor. Pastoral familiar y pastoral juvenil deben seguir ocupando pues un lugar privilegiado en todas las formas de apostolado diocesano, parroquial y de nuestras Comunidades locales. Debemos promover, de manera coordinada procesos de educación y maduración en la fe, como respuesta de sentido y orientación de la vida, y garantía de compromiso para que los “jóvenes evangelicen a los jóvenes”. Hay que dar un paso más, aunque nos enfrentemos con serias y constantes dificultades: implementar un proceso de anuncio y catequesis que sean atractivos para los jóvenes y que los introduzcan en el conocimiento y en la “experiencia” personal de Cristo. Más aún, no renunciemos a mostrarles la belleza de la Eucaristía, que los lleve a descubrir en ella a Cristo Vivo y el misterio de la gran familia que es la Iglesia.

Hemos constatado que es de grande utilidad asegurar la participación de jóvenes en encuentros, campamentos, retiros juveniles, peregrinaciones, jornadas nacionales e internacionales de la juventud… pero con una debida y adecuada preparación espiritual y misionera, y con la compañía insustituible de sus pastores(19).

Nuestra tercera opción preferencial han sido y son los pobres. Cuántas veces he ido repitiendo en mi predicación, en encuentros sacerdotales y en muchas otras ocasiones: “Los pobres son el tesoro de nuestra Iglesia”; “si la Iglesia no se interesa de ellos, ya no es la Iglesia que Cristo fundó”; “¡son los pobres que nos abren la puerta del cielo”…! Nos decía Benedicto XVI en Aparecida: “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”(20).

Los cristianos, como discípulos–misioneros, estamos llamados a contemplar, en el rostro sufriente de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” (…). Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “estaba desnudo, hambriento, enfermo, en la cárcel… y cuanto hicieran con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40)(21) … Todos buscan a Dios, lo importante es buscarle en donde cabe encontrarle, en donde Él se manifiesta, y lo hace precisamente en el pequeño, en el frágil, en el más necesitado, en el excluido… Es por eso que la Iglesia de Cristo, como otra vez nos decía Benedicto XVI está convocada (y en ella todos nosotros) a ser “abogada de la justicia y defensora de los pobres”.

Quise serlo, “defensor de los pobres” particularmente en mi primera Carta Pastoral, Discípulos tras las huellas de Cristo, promoviendo la vida en Él, del 2009 y en la que escribía con los Obispos de Puntarenas y de San Isidro de El General: La Iglesia entre las gentes del mar, igualmente del 2009. Anteriormente expresé lo que pensaba acerca de la superación de la pobreza en nuestra Provincia, en una colaboración para el Primer Ideario costarricense del siglo XXI, con el título, El modelo de desarrollo en Costa Rica en relación con las condiciones económicas y sociales en la Provincia de Guanacaste(22). Ahí insisto en el indispensable reconocimiento y defensa de la dignidad humana, como base de todo desarrollo y una vez más abogo por la calidad de la educación, diciendo: “Urge crear una atmósfera o mentalidad de superación en el campo de la educación formal, pero también en los sectores de la informal. Sólo un salto cualitativo en el ámbito de la educación va a permitir que Guanacaste se sienta y se valore como Provincia Hermana y no necesariamente como “hermana menor”(23).

Consciente de que la credibilidad de cuanto afirmamos, deriva sobre todo del testimonio de vida, renuevo mi sincero compromiso para un estilo austero de vida: me he propuesto ser no sólo un Obispo orante, sino también un obispo pobre. Y pido a mis sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y fieles todos, que me ayuden a serlo verdaderamente Si lo soy, podré exhortar a que otros lo sean también.

En conclusión, veo la necesidad de volver a repetir lo que escribí para nuestro primer Plan Global de Pastoral: “Convencidos de que “todo atropello a la dignidad del hombre es atropello al mismo Dios, de quien es imagen”(24) nos esforzamos sincera y constantemente, para encarnar en nuestras iniciativas pastorales, la solidaridad hacia los pobres, los marginados y excluidos del mundo entero. La situación de injusticia, la actividad de aprovechamiento de los débiles y más necesitados, de los migrantes, etc., nos causan sufrimiento, indignación y hasta coraje. Queremos canalizar esas mismas energías de la indignación en hacer todo lo que dependa de nosotros, para que Cristo sea respetado, dignificado, amado, en sus” pobres”, que son también nuestros pobres. Sean muchos o pocos los resultados, eso no debe ser motivo para el desánimo y la renuncia”(25).

Concretamente, y haciendo nuestras las palabras de los Documentos de Aparecida, esto nos lleva a “a considerar la opción del amor preferencial a los pobres como una línea “transversal” que pasa por todas nuestras estructuras y prioridades pastorales” (n° 396). De ahí que nos proponemos dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas, años de nuestra vida, y buscando desde ellos, la transformación de su situación. No podemos olvidar que el mismo Jesús lo propuso con su modo de actuar y con sus palabras: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos” (Lc 14,13). Es impactante: los pobres de todo tipo, se encontraban “muy a gustos” con Jesús; es nuestro más profundo anhelo que se encuentren “muy a gustos” también en la Iglesia, y con cuantos somos sus pastores.

La cuarta opción preferencial ha sido y sigue siendo, las vocaciones. Nuestra población sigue creciendo y por otra parte la necesidad de presencia y de acompañamiento de parte de los sacerdotes, es hoy en día más urgente, en cuanto que las familias y las instituciones públicas han perdido incidencia en la transmisión de la fe. Hoy en día no es suficiente una visita mensual de un sacerdote para que una Comunidad persevere en su fe. Han aumentado los “distractores” y resulta mucho más fácil “romper” con la tradición y perder así la propia identidad católica. De ahí la dolorosa afirmación: “¡nos abandonan porque los abandonamos!” Urge hacerse presentes con más frecuencia y con más tiempo en las numerosas Comunidades (más que 600) que integran las 36 parroquias de la Diócesis. Esto es posible si tenemos más sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas, laicos comprometidos…Necesitamos pues una asidua, organizada y omnipresente pastoral vocacional. Contamos con jóvenes numerosos, y todavía ricos en valores humanos y religiosos, capaces de altos ideales: son nuestra esperanza, y no sólo para la vida sacerdotal, sino también para la vida consagrada, masculina y femenina, y para la entrega misionera “ad gentes”.

Somos conscientes de que la vocación, toda vocación, tal y como lo afirmaba el Bto. Juan Pablo II, es “don y misterio”; por eso al pensar y al preocuparnos por la realidad vocacional de nuestra Diócesis de Tilarán-Liberia, en primer lugar nos sentimos urgidos por aquella exhortación del Señor: “Rueguen al Dueño de la Mies” (Lc 10,2). Y entonces de muchas maneras elevamos nuestra súplica al Dueño de la Mies, pero de una manera particular al finalizar la celebración de la Eucaristía, y lo hacemos con una oración que yo mismo he preparado, como señal de ese acuerdo en el espíritu que debe existir entre todos nosotros. Jesús mismo nos ha asegurado la eficacia de la oración cuando ella es fruto y expresión de un “acuerdo” (cfr. Mt 18,18-19). Y el Señor nos escucha. Actualmente contamos con 16 seminaristas, de los cuales, 12 son de nuestras tierras guanacastecas. Tenemos la esperanza de poder ordenar uno o dos sacerdotes cada año. Contamos también con 10 Diáconos permanentes; tres de ellos con el compromiso del celibato, siendo religiosos. Los otros 7 han sido llamados a este servicio cuando ya estaban casados. No podemos callar la grande admiración que nos causa ver como el Señor los ayuda a cumplir con las exigencias de su “diaconía”, aún en medio de las preocupaciones propias de sus familias. Tenemos varios otros candidatos al Diaconado Permanente, que están en formación; ésta exige al menos cinco años.

Otro signo de la paterna escucha de Dios, es la presencia de la Vida Consagrada: Son seis las Congregaciones masculinas y diecisiete las femeninas con 21 presencias comunitarias. Su inserción en la vida diocesana colabora a que se susciten vocaciones. De hecho debemos dar gracias a Dios porque unos jóvenes y señoritas de nuestra Diócesis ya están realizando su período de discernimiento vocacional y de formación, tanto en Costa Rica como en México, Colombia, Venezuela y Honduras.

Estos signos - entre otros - testimonian la existencia de una - aunque incipiente – “cultura vocacional” que buscamos fomentar. Lo dijimos: es un trabajo de todos, pero no podemos no enfatizar el empeño generoso de la Comisión Diocesana de Pastoral Vocacional en cooperación con la de Pastoral juvenil: ella se está esforzando para crear precisamente conciencia de que todo presbítero, diácono, consagrado y consagrada, todo cristiano, debe ser un auténtico “promotor vocacional”.

Queremos ayudarnos unos a otros para responder - en primer lugar - a nuestra fundamental vocación bautismal. De ese modo podremos descubrir con mayor claridad y con total generosidad al llamado específico que Dios tiene para todos: matrimonio cristiano, sacerdocio, vida consagrada.

3.7. No estamos solos: Dios nos ama

“Dios invisible, movido por el amor, habla a los hombres como a amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía, para compartir su propia vida”(26). “Cristo es la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (…). El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre (…). Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba! Padre”(27).

Son afirmaciones con que el Concilio Vaticano II sintetiza el Plan Amoroso de Dios; equivalen a lo que afirma San Pablo en su Carta a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). El Padre no quiere que ninguno de “estos pequeñitos” se pierda- y de su parte Cristo le suplica- “Padre quiero que en donde esté yo estén también ellos” (Jn 17,24).

La Iglesia, todos nosotros que somos sus miembros, asumimos y hacemos propia la voluntad y la acción salvífica de Dios. Y el Espíritu Santo, enviado al mundo para santificar a la Iglesia y para conducir a la humanidad a Dios, capacita a la Iglesia, Él que es como su alma, a continuar en el mundo la misión del Hijo(28).

La Iglesia pues, nacida de las misiones divinas del Hijo y del Espíritu Santo, es por su naturaleza misionera. Ya lo insistimos en esta misma Carta Pastoral y lo debemos tener constantemente presente: La Iglesia es misión. Ella es el “lugar santo” en que, por la fuerza del Espíritu Santo, Cristo está presente (cfr. Mt 28,20) para ir realizando su misión salvadora. Por medio de la Iglesia, nuestra Iglesia, la Trinidad Santa ofrece a todos los hombres la posibilidad de participar de la misma vida divina(29).

Ha sido con íntima satisfacción y gozo espiritual, que aceptamos, en la luz de las verdades que acabamos de recordar, la propuesta de los obispos, reunidos e Aparecida, de una Gran Misión Continental. Esa propuesta fue concebida también como medio para que los Documentos de Aparecida tuvieran una pronta proyección práctica, y sin embargo ha resultado en una auténtica inspiración profética, una exhortación del Espíritu a nuestras Iglesias.

“Debemos convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora - nos exhortan los Documentos de Aparecida - Todos los bautizados estamos llamados a “recomenzar desde Cristo “a reconocer y seguir su Persona con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a la orilla del Jordán, hace 2000 años” (n° 549). Es el mismo Papa Benedicto XVI quien nos ha invitado a “una misión evangelizadora que convoque a todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño” que es el pueblo de Dios en América Latina y el Caribe: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para la difusión de la verdad evangélica”. Es un afán y anuncio misioneros que tiene que pasar de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad (…). Esta misión evangelizadora abraza con el amor de Dios a todos y especialmente a los pobres, a los que sufren, a los alejados, a los que muy poco o nada han escuchado de la Buena Noticia del Amor de Dios (cfr. DA n° 550).

Durante estos últimos cinco años, casi no ha habido Reunión del Clero, u otro tipo de Encuentros pastorales, en que no hayamos insistido en este nuevo Pentecostés misionero que debe dar a toda la Iglesia que peregrina en Guanacaste y Upala, un renovado impulso misionero. Hemos pasado a acciones y actividades concretas por medio de la preparación y ejecución de Misiones Populares, aunque no todas llevadas a cabo de la misma manera, en al menos 14 parroquias. En otras se están organizando. De mi parte he animado y respetado los distintos modos con que nuestros sacerdotes con su equipo parroquial y grupos apostólicos, se han esforzado de llevar a cabo la Gran Misión. Sin embargo, hay que reconocer que en la Iglesia, Dios ha suscitado Congregaciones Religiosas con el carisma específico de las Misiones Populares. Es por eso que, desde estas páginas, vuelvo exhortar a que sigamos pidiendo y agradeciendo, la grande ayuda que nos han prestado y seguirán prestando los Misioneros Redentoristas y otras Congregaciones y Movimientos Apostólicos. Es en las parroquias y en las comunidades que las integran, en que se hace visible de algún modo la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, y entonces es ahí en donde se debe manifestar el compromiso misionero en todos sus componentes y acciones específicas. Sólo de ese modo, con el ímpetu misionero de nuestras 36 parroquias, nuestro Guanacaste y Upala se constituyen en “estado permanente de misión”.

Nos queda un largo camino, pero nos sostiene la certeza de que Él está siempre con nosotros (cfr. Mt 28,20); y nos anima la confianza de que Él siempre nos sale al encuentro en los momentos de mayor dificultad y cuando parece que la “barca” se hunde, y nos grita: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo” (Mt 14,27). Más aún Él sube a nuestra barca y nos invita, reanimados por su cercanía y su amistad, a “remar mar adentro” (Lc 5,4). Lo hacemos, con renovada valentía y con el gozo inmenso de gastar nuestra vida por amor a Aquel “que nos amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Además, en cualquier momento nos resuena dentro y nos fortalece la convicción de Pablo, el Apóstol, que debe ser la de todos nosotros: “Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rm 8,38-39). Saldremos pues, en todo, “supervencedores” - nos dice el mismo San Pablo – gracias a Aquel que nos amó y es que “por lo demás sabemos que Dios interviene - por ese mismo amor – en todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Rm 8,28). Y nosotros le amamos y anhelamos quererle cada día más para que nos pueda repetir como a Pedro: “Si me amas, apacienta mis ovejas” (Jn 21,16).

En esta vida, no podemos pretender más, ya que “conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestras palabras y obras es nuestro gozo” (DA 29).

Conclusión

Mis queridos Sacerdotes, Diáconos, Consagrados y Consagradas y Fieles todos de nuestra Diócesis de Tilarán-Liberia, acompaño la entrega de esta tercera Carta Pastoral mía, con mi oración, ya que como dijo Jesús, “sin mi no pueden hacer nada” (Jn 15,5) y también con el deseo de que sea acogida por todos como voz de Cristo a su Esposa la Iglesia que peregrina en Guanacaste y Upala. No es una pretensión excesiva, sino un acto de renovada confianza en Cristo, Buen Pastor, que nos guía a todos, y a la vez un acto de confianza en todos ustedes, por esa benévola docilidad que experimenté y aprecié tanto durante los 10 años de mi pastoreo, en nuestra amada Diócesis de Tilarán-Liberia.

Es a Cristo, Buen Pastor y Sumo y Eterno Sacerdote, a quien le renuevo en este momento y en nombre de todos ustedes, el acto de consagración que tuvo lugar, por primera vez, el 22 de julio de 2011, 50 aniversario de nuestra Diócesis.

“Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que ha hecho con nosotros” (Sal. 106).

“Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, Dueño de la Vida y de la Historia, con el corazón desbordante de gratitud por tu atenta, amorosa y eficaz presencia en el ya largo caminar de los cincuenta años de nuestra amada Diócesis, queremos hoy, ofrecértela para que la consagres a Ti de una manera nueva y perenne, y que así te pertenezca plenamente como a su dueño y esposo fiel, ya que por ella has dado tu vida y la has purificado con tu sangre redentora.

Jesús, Buen Pastor, que esta renovada consagración se manifieste en los dones que son propios de tu divino y santo Espíritu, y especialmente en la fraternidad, la atención a los más necesitados, la estabilidad y el amor en nuestras familias, la disponibilidad generosa a seguirte como discípulos- misioneros…

La presencia de María, la Inmaculada Reina de los Ángeles, siempre “en nuestra casa” como lo ha sido en la de San Juan, el discípulo amado, nos anima a hacer nuestra, con renovada fidelidad y evangélica osadía, tu invitación: “rema mar adentro”.

Contamos también con la intercesión de los Santos Patronos de nuestras parroquias y de nuestras comunidades, y de cuantos, ya en la casa del Padre de las misericordias, han entregado su vida al servicio de nuestra amada Diócesis.

María, Estrella de la nueva evangelización, intercede por nosotros. San Antonio de Padua, patrono de nuestra Diócesis, ruega por nosotros”.

Dado en la Sede Episcopal de Tilarán, a los 15 días de junio de 2012, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.