APORTE PARA RECONOCER LA HISTORIA DE NUESTRA DIÓCESIS:
30 AÑOS DEL IEME EN COSTA RICA

(Memorias del Padre Epifanio Hernández)

¿QUIENES SOMOS?

“Ante las reiteradas instancias del nuncio en Costa Rica, Mons. Verolino, el IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras) acepto en febrero de 1962 enviar misioneros a una diócesis llamada Tilarán… desde entonces 26 misioneros del IEME han entregado o siguen entregando su vida a la evangelización en esta parcela costarricense”, escribí hace ya varios años. Sólo un mes después, en mayo de 1962, se iniciaba la presencia del IEME en una de las regiones más pobres e inaccesibles de la diócesis: Upala. En 1992, exactamente treinta años después, quedábamos en esta misión solamente 9 misioneros de este instituto. El resto como suele acontecer, habían sido destinados a otros grupos, en preferencia a Nicaragua.

Lo acaecido durante estos treinta años tiene poco relieve: un “gastarse y desgastarse por Cristo”, según frase favorita del primer obispo de esta diócesis, Mons. Román Arrieta Villalobos; este es el trabajo de todo misionero en todo el mundo. Ese “poco relieve” son viviendas que no fácilmente se olvidan y que se enmarcan en lugares, personas, acontecimientos que se dejan su impronta en cada uno de nosotros, ahora cargados de recuerdos que el tiempo purifica y transforma en un potencial de intimas alegrías por las que damos gracias al Señor que nos concedió el privilegio de trabajar en su viña.

Para ese año 1992, fecha de nuestra salida de Costa Rica, ya llevábamos más de tres años de reflexión cuestionándonos la permanencia en la diócesis de Tilarán. Aunque ésta había cambiado sus límites y disminuido un tercio de su extensión inicial, el número de sacerdotes diocesanos había sido multiplicado por cinco. En el seminario había un buen número de seminaristas que en un futuro muy cercano serían ordenados. La diócesis mostraba en medio de sus pobrezas gran vitalidad.

En diálogo con el Sr Obispo local nos habíamos reubicado los últimos años en dos polos de la diócesis que iban más con nuestra vocación y práctica misionera: Upala, en la frontera con Nicaragua, poblada principalmente por inmigrantes nicaragüenses y la zona periférica de Puntarenas (Chacharita, el Playón y Barranca), donde predomina la pobreza urbana más significativa.

Dos de nuestros compañeros, como fruto de aquella autoevaluación, ya habían elegido nuevo rumbo: uno iría a unirse con el grupo nicaragüense del IEME y el otro, por problemas de salud, regresaría a España. De tal forma que ya sólo quedábamos siete en Costa Rica.

¿Quedarnos o salir….? ¡Qué bien nos encontramos en Costa Rica!

Pero… la conciencia, el ideario misionero, las estadísticas, realidades más o menos significativas, la voz reiterada de algunos compañeros metidos a profetas… nos decían a gritos que ya estaban bien de instalaciones pastorales y prebendas místicas. Era la hora de salir y continuar la misión. Imperceptiblemente nos íbamos haciendo a la idea de que debíamos dejar ese campo, buscar otro o diluirnos en otros grupos. Ambas opciones fueron difíciles de enfrentar.

Hay momentos en que uno cree encontrarse sin bases. Se ve el futuro incierto y difícil. El ambiente nos acostumbra a vivir en seguridades y cuesta ser consciente de la verdadera realidad del superar estos momentos de flaqueo y confiar en AQUEL que nos llamó a vivir la sencillez y confianza de la entrega. Lleva su tiempo y es bueno que una crisis de este estilo lo zarandee a uno. La firmeza de la entrega es luego más sólida.

A la distancia de diez años ve uno el horizonte en toda su dimensión y los caminos más o menos tortuosos por los que el Señor le muestra su voluntad.

El grupo en Costa Rica había mantenido una línea de moderación antes, durante y después del Vaticano II. Existía una cohesión muy grande al interior del mismo, debido a varios factores:

Nuestra relación con los señores Obispos de Tilarán fueron siempre muy buenas, principalmente por el carácter conciliador de estos pastores, basando las relaciones no tanto en el contrato firmado al inicio de la presencia del IEME en Tilarán y renovado cada cinco años a satisfacción de ambas partes, sino en cuanto al diálogo que buscaba el bienestar de la diócesis por parte nuestra y el bienestar de los misioneros por parte de los Srs. Obispos.

Lógicamente hubo ciertas tensiones y fricciones por defender los principios de justicia más elementales a favor de los feligreses atropellados por actitudes de gamonales, gobernantes, etc.) pero la serenidad y la madurez de todos las superaron a base de moderación y talante evangélico.

El estar en la frontera con Nicaragua en aquellos años de los Sandinistas, contras y recontras…, el constatar y ser testigos de mucho de lo que allí pasaba frente a las versiones oficiales de los gobiernos involucrados…. nos colocaba en un lugar privilegiado para conocer la realidad: tráfico de armas, movimientos de combatientes, ciertas obras de infraestructura, y sinfín de detalles, que luego salieron a flote cuando el “Top Secret” de la CIA dejó de serlo. Siempre estuvimos en una situación difícil y muy comprometida frente a las mentiras oficiales, a los gestos políticos incomprensibles… nunca fue fácil mantenerse como “cristianos prudentes” en estas circunstancias.

Sigamos con el tema

Al final de los años ochenta no todos pensábamos salir de Costa Rica, hemos de confesarlo. Pero la idea se fue abriendo paso y llegó un momento en que todos la compartíamos. Incluso con cierta satisfacción, pues la retirada se fundamentaba en algo que dignificaba a la Diócesis de Tilarán, ya que en treinta años había quintuplicado sus sacerdotes y era autosuficiente. Esta característica es el ideal de toda misión: llegar a generar sus propios pastores, tener unas comunidades fecundas donde la Iglesia esté arraigada y llena de vitalidad, con un clero autóctono y bien formado. La formación sacerdotal en Costa Rica era herencia de los Sacerdotes alemanes de la Congregación de la Misión que durante muchos años tuvieron a su cargo el Seminario Central.

El proceso de nuestra salida de Costa Rica duró unos treinta años. No fue fácil. Se hizo mucho hincapié en la oración. Nos retiramos a hacer ejercicios espirituales, tuvimos semanas de reflexión, buscamos sacerdotes asesores que nos ayudaron a reflexionar y al fin decidimos SALIR. Conservamos con cariño un video del día en que tomamos esta decisión. Dos volcanes, el Tenorio y el Miravalles, que flaqueaban el lugar, fueron testigos de nuestra decisión, de nuestra alegría y de la satisfacción tan grande que nos inundaba, pues el pequeño valle que estos conforman, desde donde divisábamos por un lado las planicies del Guanacaste y por el otro la cercanía del lago de Nicaragua, era el lugar ideal. La cercanía del lago de Nicaragua nos inspiró para una decisión que estimábamos decisiva.

Quedaba dar información de ello al Señor Obispo de Tilarán y a la Dirección General del IEME, en búsqueda de una comprensible aprobación. Ambas cosas se hicieron de inmediato. Ingenuos de nosotros que creíamos haber logrado realizar la decisión más difícil… Nos esperaba grandes alegrones y grandes desilusiones. ¿Y AHORA, A DÓNDE IR…? Monseñor Hector Morera, el Obispo de la diócesis, trató de disuadirnos alegando que todavía la diócesis necesitaba de nosotros… que dónde estaríamos mejor... que los feligreses se oponían a nuestra partida…pero la decisión ya estaba tomada.

(Hasta aquí la transcripción de tres hojas a máquina de escribir, cuyo supuesto autor es el difunto sacerdote Epifanio Hernández…las hojas que le seguían se han extraviado… Doy fe de lo anterior: Ronal Vargas Araya).